El domingo pasado, el fútbol volvió a perder. No perdió Atlético Tucumán ni ganó Tigre. Perdió el espectáculo, perdieron las 25.000 personas que pagaron su entrada y perdieron, una vez más, la credibilidad de un deporte que no logra liberarse de sus propias cadenas.

Ocurrió en el partido que el “Decano” recibía al “Matador” por la fecha 14 de la Liga Profesional de Fútbol. A los 13 minutos del primer tiempo, el árbitro Pablo Echavarría detuvo las acciones. No hubo falta, no hubo lesión, no hubo revisión del VAR. Simplemente, un grupo de personas decidió que el espectáculo no debía continuar hasta que ellos lo permitieran.

El reclamo, confuso y sin destinatario claro para quienes observaban desde las tribunas o desde sus casas a través de la TV, paralizó el juego. Los jugadores de ambos equipos, desorientados, miraban hacia la platea buscando alguna respuesta que no llegaba. El clima se tensó. Nadie sabía cuánto duraría la interrupción ni si el partido se reanudaría. El árbitro, en su derecho, podría haber suspendido el encuentro sin mayores discusiones.

No es la primera vez. El foco siempre es el mismo: la tribuna donde se ubica lo que todos llaman “barra brava”. Tampoco es un hecho aislado que ocurre solamente en Tucumán. En otras provincias se vivieron situaciones similares, algunas de mayor gravedad, que impidieron que se continuara jugando al fútbol. El problema es nacional, estructural y recurrente. Pasan los años y la solución para terminar con estos actos de violencia parece no tener solución.

No se trata solo de un partido demorado o de algunos minutos perdidos. Se trata de la seguridad de miles de personas que asisten a una cancha con la ilusión de ver fútbol, de pasar una tarde en familia, de alentar a su equipo sin temor. Cuando un grupo reducido impone su voluntad por fuera de las reglas, cuando la autoridad parece no tener herramientas para actuar con rapidez y contundencia, lo que se quiebra es el pacto básico del espectáculo deportivo: el que dice que todos respetan las mismas reglas.

La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria: ¿Hasta cuándo se va a mirar para otro lado? El domingo pasado, el fútbol volvió a perder. Y si algo no cambia, seguirá perdiendo. Porque el problema no es nuevo y el desenlace, si no se toman decisiones firmes, siempre será el mismo: el espectáculo secuestrado, la mayoría de la gente como rehén y la impunidad festejando en la tribuna.